Ella
No puedo, por más que lo he intentado, por más que he luchado, hacerle a mi mente soltar sus recuerdos. Se aferra a ellos con tanto ahínco que me resulta imposible, al menos a ciencia cierta, recordar con precisión las circunstancias, el lugar o el momento en que la conocí. Me es imposible.
Por otra parte han pasado ya muchos años, y al igual que mi memoria, me he debilitado. Tal vez no sea por mi memoria que no puedo recordar aquellas circunstancias, ya sea esta sorprendente o inexistente. A decir verdad, debido a su honda y peculiar belleza, a sus conocimientos tan simples, abrumadores y certeros; a su cuerpo febril pero siempre sereno, a la música que brotaba de su garganta, ella se abrió paso a través de mi sensible carne sin que mi humanidad lo notase hasta que no fue demasiado tarde. Lo hizo de manera imperturbable y certera, tan sutil y directo fue su camino hacia mi corazón, que no pude percatarme de su presencia hasta que fue dueña de mi cuerpo. Solo supe de ella cuando sus agraciadas y pálidas manos, de piel fría y tersa cercaron mi alma. Debajo de mi piel brotaron las semillas del amor más profundo, de la pasión más sombría.
Desde tiempos remotos, entregado a las tareas más particulares, de naturaleza tal, que más que ninguna se prestan a exacerbar mis impresiones del mundo exterior. Pasaba horas encerrado en mi taller, enfrascado en los proyectos más absorbentes. A un lado de la realidad, con la lejanía suficiente para poder desmenuzarla a mi antojo. Solo una palabra podía arrancarme de su constante hechizo, la más dulce de las palabras jamás emitidas, su nombre. Aún hoy, cuando han transcurrido centenares de años, su nombre, su dulce nombre, trae a mi mente la figura más hermosa, la estampa de lo que ya no es, del romance que mantuvimos. Amor que hubo de sonrojar a los Dioses por impuros. Jamás supe valorar de la manera merecida el amor que me brindaba una deidad, ni la deidad misma que se arrojaba en mis brazos con total confianza para fundirnos en un abrazo eterno. Jamás cuestioné por ser insalvable, la relación que mantuvimos, la relación que me otorgó ella, mi prometida, compañera en mis quehaceres y finalmente esposa de mi corazón y dueña de mi alma.
No comprendo la verdad detrás de todo esto. ¿Fue todo un deseo de mi amada, fue una prueba de mi pasión no hacerle preguntas sobre este punto, o era quizá una muestra de mi estupidez y mi debilidad?
Tal vez, o al menos así lo creo y espero, se trate solamente de un capricho deformado, dando lugar así a una extraña y funesta ofrenda de la dedicación más apasionada y romántica. De la entrega de mi vida.
Es comprensible que haya olvidado las circunstancias en que ocurrió o que lo originó, si apenas puedo recordar el mismo echo. Pero existen, sin embargo, ciertos aspectos en los que mi memoria no ha cedido ni un ápice de su brillo. Ni la misma eternidad ha logrado borrar de mi memoria el grácil recuerdo de su angelical belleza. De estatura media, hermosamente delgada; no vale hacer el intento de describir la majestuosa y serena soltura de su porte, o la incomprensible ligereza y elasticidad de su paso. Tanto lo era que uno sufría grandes angustias al intentar dilucidar si ella tocaba el suelo con sus gráciles pies, o si realmente flotaba sobre el mismo. Entraba y salía de mí como una sombra; jamás pude percatarme, si ella así lo deseaba, cuando contemplaba sobre mi hombro, mis manos deslizándose por la superficie de un papel en blanco, dando formas a dibujos y escritos. En ocasiones, el espectáculo estaba conformado por la hoja de afeitar limpiando mi rostro; siempre su perfecta figura asomando por detrás del marco de una puerta, espiando con una fría y sensual sonrisa cada detalle de mis quehaceres. Jamás me fue posible descubrir su entrada o su presencia, solo lo hacía cuando la música de su voz o el roce de sus largos y fríos dedos con mi cuello me causaban grandes y placenteros estremecimientos, poniéndome así en sobre aviso. En algunas ocasiones me abrazaba, obligándome a postrarme a su lado, amenazándome con la idea de yacer eternamente en sus brazos. Solo en esos momentos se hacía visible, comprendía su presencia, su aroma en el aire inundaba mis pulmones. Si deseaba permanecer en silencio y contemplarme, simplemente desaparecía. Era una sombra.
En cuanto a la belleza, ella no ha tenido par. No ha existido doncella, ninguna de ellas, que haya siquiera igualado su hermosura. Era radiante como una deidad, observarla era gozar de una visión clara y divina que sobrepasaba y dejaba en ridículo, a las fantasías creadas en torno a la misma Venus. Con todo esto, sus rasgos no contienen esas marcas que nos han impuesto como síntomas de la belleza. Más bien ocurre todo lo contrario, su belleza radica en lo extraño y oculto de sus rasgos. En el temor y la obsesión por lo desconocido. Sus cabellos eran sumamente lacios y negros, completamente negros. Caían por sus hombros hasta llegar a su cintura; revoloteaban en el viento como las alas del cuervo, remontando vuelo y surcando la medianoche en silencio. El semblante de la luna se resquebraja y cae echo polvo atravesado por las saetas de la envidia ante el blanco de su piel tersa y eterna. Sus labios, los más suaves y sedosos, bondadosos y estilizados que mortal alguno haya podido besar, se dibujaban grácilmente en su rostro. Las facciones de su semblante se perdían en una bruma por completo angelical. Su rostro, increíblemente sutil y femenino, mantenía una armonía única en cada uno de sus rasgos. Estas características tan increíbles y bellas se presentaban a lo largo de su ser; cada parte de él contaba con rasgos únicos, extraños, casi desconocidos; pero fascinantes e irresistibles. La hicieron inevitable.
Su andar… imposible describir semejante danza, sensualidad y sincronización. Sus movimientos gentiles y agraciados, pero llenos de una firmeza única, una fuerza diferente, no física, pero atroz. Al desplazarse de un lado a otro, su figura recuerda a las Ninfas visitadas por el incansable Ulises.
Sus manos conformaban un mundo aparte; estas eran capaces de propiciar las caricias más amorosas, tiernas y consoladoras. Pero con idéntica facilidad y sutileza podían ser destructivas si ella así lo deseaba. Tal era el poder de sus caricias, que un mortal sucumbiría fácilmente a sus encantos.
Es cierto, su cuerpo había sido creado a partir de elixires tales, que hicieron de ella una imagen y una criatura sobrecogedora, al menos estas impresiones me causó desde un primer momento.
Pero había algo en ella que sobresalía, algo funesto, algo que por brillo propio despertaba en mí la intuición y los augurios más sombríos. Sus ojos.
Tal vez fuese en ellos donde residía la verdad de tan extraña belleza, de tan efímera y abrumadora belleza. Aquellos ojos despedían tal brillo que uno intuía que se trataba de un ser que vivió aparte, nacido en otro orbe, o sobre la tierra. Sus ojos eran plenamente negros, eran abismos que yacían en la eterna obscuridad absoluta. Tal negrura y brillo bajo las caricias de sus pestañas azabaches, creaba un contraste sobrenatural con la blancura impoluta de su piel. Sin embargo, lo llamativo de sus ojos no residía en su conformación, brillo o color. Podía atribuirse a su expresión. ¡Cuantos largos años he reflexionado sobre ellos! ¡Cuantas noches en la cruel vigilia para intentar sondearlos! ¿Qué es lo que yacía tras las pupilas de mi amada, aún mas allá del más profundo averno? Siempre hubo en ellas zonas muertas para mí. Dentro de ella se escondían mundos enteros que me eran por completo ajenos; lugares inhóspitos que escapan a mi imaginación y a mis conocimientos.
Nuevamente caigo poseso en el afán por descubrirlo. Aquellas inmensas, hermosas, aquellas misteriosas pupilas coronadas por dos aureolas negras se habían convertido en mí en dos estrellas fulgurantes.
En ciertas ocasiones, por diversos estímulos he caído en un hechizo similar al de su hipnótica hermosura. En la contemplación de un bosque grisáceo, en una pequeña corriente de agua o en el vuelo de un ave solitaria sobre la playa desierta. La he reconocido en las noches sin luna, donde solo es audible el grito de la tierra a través del aullido del viento o de un animal solitario cantándole sensualmente a su pareja.
Las últimas veces que me he sentido invadido por él, ha sido gracias a ciertos pasajes musicales y literarios particularmente conmovedores.
Pero también en el verdugo que me doblega día a día: el ajenjo con pequeñas dosis de láudano.
Supongo que todo cuanto en ella encontré, no ha sido más que el resultado o, al menos el indicio, de esa gigantesca e insalvable voluntad que durante nuestra efímera relación no tuvo ocasión de dar muestras de su existencia; no lo hizo hasta que fue demasiado tarde.
De todos los seres que he conocido, ella, la exteriormente tranquila, la siempre plácida, ha sido la más violentamente y ávidamente devorada por los tumultuosos buitres de la pasión, la locura y la muerte. De aquella pasión no he podido sacar mayor conclusión que la brindada por sus ojos, por la mágica expansión que todo lo abarcaba, que me deleitaba y aterraba a un tiempo. Con su melodiosa voz me transportaba por un río de suave seda negra, yo no comprendía en ese momento lo que ahora veo con tanta claridad. Las adquisiciones de las que ella gozaba eran infinitas, maravillosas. Pero, a pesar de ello, en mí se afirmaba la suficiente confianza en su infinita supremacía, una confianza instintiva, nunca conciente o voluntaria. Por ello me sometía con vasta libertad a su dirección por aquel mundo caótico en el que me sumergía cada vez que decidía transmitir algo, en el desfloramiento del blanco papel.
A ello dedicamos nuestros escasos momentos de plena entrega, yo me perdía en infinitos laberintos de creaciones, en interminables hojas en blanco y ella acudía una y otra vez a señalarme el camino de regreso.
Aún en los sueños de mayor vuelo ella se hacía presente y me arrastraba nuevamente a su lado. En grandes espasmos que hacían crujir mis huesos me arrancaba de mis delirios opiómanos para guiarme a su lado. El ardor que se apoderaba de mi pecho, la agitación que hacía estallar mis pulmones, la fría sensación que ascendía por mis miembros y finalmente la paz absoluta me indicaban que ella se había hecho presente.
¡Qué vívida dicha se apoderaba de mi pecho cuando ella se inclinaba sobre mí, sobre mi arte rara vez explorado! Veía abrirse ante mí una senda desconocida que me guiaría a un conocimiento demasiado bello para no ser prohibido.
¡Qué vivido pues, ha sido mi dolor al momento en que mis esperanzas y alegrías me envolvieron y me elevaron hacia las grandes alturas para luego arrojarme al vacío!
Tras su paso, he quedado solo. Sin ella no soy más que un niño abandonado andando a tientas en la obscuridad; sin el brillo radiante de sus ojos, el oro de mi existencia se torna tan apagado como el plomo. Mi carne ha pasado de ser una paloma blanca a la materia primordial negra y pestilente. Aquél amor efímero ya nunca alimentó las obras en las que yo trabajaba larga y detenidamente.
El amor había enfermado, expulsando sangre por la boca murió; mientras yo luchaba en espíritu contra el severo Azrael. Pero la luz de la vida me ha abandonado sin remedio. Sus propias palabras, sedosas, sutiles y sumamente sensuales, me han hecho saber que su interés por mí se basaba en mi juventud, mi pasión y mi arte.
En ella he sido un número más, otro ser que perdió la vida y entregó el alma. Por ello fueron sembradas en mí las semillas de la funesta muerte, a mi amada le otorgué mi vida porque así lo deseaba. Pero lo hice consciente y desbordante de amor, porque desde un primer momento fui conciente y advertí, que me enamoraba y me perdía en los brazos de la funesta e ineludible muerte.
Fin
